Tiene 103 años y vive sola en Rosario: la costumbre de cada mañana que su médico no se anima a prohibirle

A primera hora, la madrugada de Rosario entra por la ventana como un rumor suave. En una cocina mínima, de azulejos antiguos, suena la hervidora y huele a pan tostado. Nélida, que a sus 103 años prefiere los silencios claros, se anuda el delantal y mira el reloj: todavía falta para las ocho, pero su cuerpo sabe qué sigue. Vive sola desde hace décadas, con una calma obstinada y una rutina que es más que costumbre: es identidad.

Una vida que cabe en una cocina

La casa, en un pasaje de Pichincha, es un mapa de recuerdos. Sobre la heladera, fotos en blanco y negro; sobre la mesa, una radio pequeña que aún capta las noticias del Puerto. “Si me olvido de algo, lo anoto; si me duele algo, lo nombro”, dice, y se ríe con una claridad que perfora cualquier cifra. Su fuerza no es un mito, es una organización diaria de pequeñas cosas: regar una santa rita, doblar los trapos, ventilar la pieza.

Cada gesto tiene un tiempo propio, y en esa coreografía hogareña aparece la escena central de sus mañanas. No es una excentricidad, dice, sino un hilo que la trae y la lleva entre lo vivido y lo que queda por vivir.

El rito que nadie le quita

Antes del desayuno, Nélida prepara un cafecito corto, de aroma denso y borde amargo. Al lado, sobre un platito de loza, media luna tibia con un hilo de manteca. Y entonces, el gesto que su médico observa con una mezcla de ternura y prudencia: una copita mínima de vermut rojo, apenas un dedo, que ella levanta “para brindar conmigo”, como bromea.

“No me quita ni me pone años, pero me despierta las ganas”, suelta, con picardía rosarina. Enciende la radio, apoya el vaso, da un sorbo lento: no más de dos, precisa. Cuando la miran con cara de susto, responde: “En mi época eso era un remedio contra el frío; ahora es un recuerdo que calienta”. El médico lo sabe, la familia lo acepta, y el barrio, que la ve pasar rumbo a la verdulería, ya ni lo pregunta.

El médico entre la ciencia y el cariño

Su clínico, el doctor Ramos, prefiere medir más que retar. “Desde la evidencia, no hay virtud en el alcohol; pero en su caso la dosis es ínfima y el efecto psicosocial es enorme”, explica. Lo dice sin solemnidad, casi en confianza: “No me animo a prohibírselo porque le ordena la mañana, la hace sentir al mando de su vida”.

Ramos reconoce que la línea es fina, y que cada paciente es un mundo. “Le controlo la presión, le sugiero que hidrate, que coma algo salado para no caer la tensión. Si hubiera señales de riesgo, sería el primero en decírselo”, aclara. Nélida escucha, pregunta, apunta en un cuaderno: “Vigilar, sí; asustarse, no”, resume, con una firmeza que la medicina suele envidiar.

Lecciones de una rutina centenaria

El ritual no es solo una copita: es una manera de estar en el mundo. En su cocina se aprende un método sencillo, que a esa edad suena casi a filosofía práctica:

  • Levantarse a la misma hora, abrir la ventana, sentir cómo entra el día.
  • Preparar algo caliente, prestar atención al olor, agradecer en voz baja.
  • Hacer una cosa por vez, sin apuro y sin pantallas.
  • Mover el cuerpo: estirar los brazos, flexionar las rodillas, caminar hasta la esquina.
  • Llamar a alguien, aunque sea dos minutos, para decir “aquí estoy”.

Cada punto es un ancla, una cuerda que evita el derrumbe. “Si dejo de hacer, me achico”, dice, tocándose el pecho. Por eso riega, barre, teje, y escucha los goles de Central con una pasión que no le conoce el descanso.

La ciudad que la sostiene

Rosario la mira con una sonrisa cómplice. La saludan en la panadería, le guardan el asiento en el colectivo, le alcanzan una bolsa cuando la ven cargar de más. “Yo vivo sola, no sola del todo”, insiste. En la vereda, a esa hora en que el sol hace brillo en los balcones, la copita queda atrás y viene el mundo: la lista del mercado, el precio del tomate, la charla sobre la bajante del río.

A veces se sienta frente a la ventana grande y mira el cielo de Santa Fe. “Lo mejor de llegar tan lejos es que aprendés a perdonarte”, confiesa. No lo dice como receta, sino como balance: dormir lo justo, comer con gusto, y sostener un placer pequeño que no haga daño y le recuerde que sigue siendo ella.

El secreto no tan secreto

Cuando le piden la “clave”, levanta los hombros: “No la tengo”. Luego agrega, casi en susurro: “Me hablo bien, me muevo lento, y celebro lo que queda”. La copita, el café, la radio, la lista: cuatro faros modestos para cruzar cada mañana. El médico, mientras tanto, acompaña desde el borde, cuidando que el equilibrio no se rompa.

“Hay cosas que la biología explica y otras que la biografía sostiene”, apunta Ramos, antes de despedirse. Entre ambas, Nélida se afirma. Y cuando el vapor de la taza termina de dibujar su arabesco, ella vuelve a brindar bajito: por el día que empieza, por lo que ya no duele, por lo que todavía la espera. Porque a veces la salud se parece más a una canción que a un dictamen, y alcanzar la nota justa también es un arte de cada mañana.