En Lima a 100 km de Buenos Aires descansa desde 2014 un reactor nuclear 100 % argentino que nunca se encendió

A poco más de 100 kilómetros de la Capital, en la localidad bonaerense de Lima, reposa desde 2014 un proyecto que condensa ambición y espera: el prototipo de un reactor nuclear de diseño nacional que, hasta hoy, no ha visto su primera criticidad. Para unos, es un símbolo de orgullo; para otros, un recordatorio de promesas aplazadas. “Es la prueba de que podemos hacer más que ensamblar”, se escucha en los pasillos técnicos; “pero también de que necesitamos constancia”, añaden.

Un prototipo que prometía liderazgo

El corazón del proyecto es el CAREM, un reactor modular pequeño de ingeniería 100 % argentina, concebido por la CNEA para generar entre 25 y 32 MW eléctricos con sistemas de seguridad pasiva. Su diseño integra el generador de vapor dentro de la vasija, reduce tuberías y apuesta por una operación simplificada, apuntando a costos de ciclo de vida más bajos y a una construcción más rápida. En papel, era la puerta a una familia de SMR exportables, capaces de abastecer polos industriales, islas energéticas o respaldos para renovables.

“Es un reactor pensado para un país que quiere producir tecnología, no solo comprarla”, repetían ingenieros cuando las grúas aún marcaban ritmo. El emplazamiento junto a Atucha, en Lima, ofrecía sinergias de logística, técnicos disponibles y una comunidad ya habituada al pulso nuclear.

La cronología de una espera

Desde el acto inaugural de obra civil hasta hoy, el camino fue zigzagueante. La siguiente secuencia, extendida pero inevitable, ayuda a entender la inercia:

  • 2014: inicio de obras del prototipo, con promesa de plazos acotados.
  • 2016-2018: vaivenes presupuestarios y rediseños de contratos, con avances irregulares.
  • 2019-2020: crisis macro y pandemia frenan ritmos, se reprograman hitos de montaje.
  • 2021-2023: reactivaciones parciales, revisión de costos y proveedurías locales.
  • 2024 en adelante: compromiso de completar sistemas clave y fijar nuevas metas, aún sin fecha de encendido.

“Cada día que pasa, perdemos aprendizaje”, admite un técnico, “pero también acumulamos lecciones de gestión que ningún manual enseña”.

Economía, política y hormigón

Un reactor es acero, combustible y cálculos; pero, sobre todo, es continuidad. El proyecto chocó con inflación, restricciones a importaciones, alternancias administrativas y licitaciones que iban y venían. La curva de costos se volvió empinada, la cadena de suministro local necesitó más maduración, y la obra civil —siempre menos glamorosa que los sistemas nucleares— exigió precisión de relojero.

En paralelo, la conversación pública osciló entre la demanda de “resultados rápidos” y el reclamo por “políticas de Estado”. Ese péndulo dejó grúas en silencio, personal reubicado y un perímetro que, a ratos, parecía suspenderse en el tiempo.

Qué significa para Lima y el sector

Para Lima, el predio es una presencia rotunda: empleo especializado, proveedores en red, formación de oficios y un diálogo constante con la comunidad. Cuando la obra avanza, se nota en el movimiento de camionetas, en los comedores llenos y en el murmullo de soldaduras. Cuando se frena, el silencio pesa como una losa.

“Lo importante es que el conocimiento no se escape”, dicen en la zona. Porque más allá del hormigón, el activo más valioso son las manos que aprenden a montar un núcleo, a testear una válvula, a documentar cada soldadura.

¿Por qué importa un SMR?

En el mundo, los SMR ganan tracción por su escalabilidad, por su menor inversión inicial y por la posibilidad de ubicarlos donde la red es débil. Un diseño propio abre puertas de exportación, encadena pymes tecnológicas y reduce dependencia de licencias ajenas. También permite combinarse con parques eólicos o solares, estabilizar sistemas y, en algunos casos, apuntar a desalinización o calor de proceso.

Para un país con tradición nuclear, tener un prototipo operativo no es solo un hito técnico; es un mensaje de capacidad y una escuela para la próxima generación de especialistas.

Un horizonte posible

¿Qué falta para que el núcleo despierte? Menos épica y más gestión: contratos estables, financiamiento previsible, metas por etapas y una oficina de proyecto con autoridad transversal. Hace falta blindar al reactor de los ciclos de la coyuntura, fortalecer la matriz de proveedores y auditar, sin dramatismos, lo construido y lo que resta por comprar.

“Nuestro problema no es la ciencia, es la continuidad”, sintetiza una voz autorizada. Si ese principio se vuelve norma, el encendido dejará de ser una quimera y pasará a ser un trámite —complejo, sí— pero alcanzable. Lima, entonces, podría cambiar el paisaje: del reposo expectante a la vibración medida de un núcleo que entrega megavatios y, sobre todo, confianza en la propia ingeniería.

En el borde del Paraná de las Palmas, donde las torres de Atucha recuerdan décadas de oficio, el prototipo espera su turno con paciencia metálica. No es un monumento al atraso, sino un recordatorio de que la tecnología sin ritmo se enfría. Con decisiones firmes y manos locales, todavía puede encender una historia que el país empezó a escribir hace mucho, y que merece ser terminada.